Cien años de huida

18 de enero 2016, por Martin Balaz

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El funeral de dos hermanos fugitivos ahogados, Jacob y Hanna, contó con la presencia de casi todos los cristianos asirios de Midyat, en el sureste de Turquía. Todos ellos cabían en un pequeño cementerio dentro del recinto del monasterio Mor Abraham. Hoy en día, sólo unas decenas de familias viven en la región. Sólo han transcurrido 100 años de historia, repleta de huidas y de vida cotidiana, de los cristianos habitantes en la región, desde que esta religión comenzó a expandirse. No culpan a la fe musulmana, sólo a las malas personas.

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UN FUNERAL EN LUGAR DE UNA BODA

La esperanza de diecinueve fugitivos y un traficante de personas acabó destrozada contra las rocas. “Salieron de la ciudad de Marmaris a la una de la madrugada hacia el lugar desde el que zarparían. Subieron al barco a las cinco. A las 6:30, el barco comenzó a hundirse. La ayuda no llegó hasta las 11:00. Dos hombres más jóvenes, de unos 25 años, tenían los números de emergencias grabados. En primer lugar llamaron a los griegos, ya que estaban cerca de la orilla. Les dijeron que no era su problema. Luego llamaron a emergencias de Turquía, pero la llamada ni siquiera fue respondida. Al final, uno de ellos llamó a su padre y le dijo que se estaban hundiendo. Inmediatamente éste avisó a la Policía Local “, expone Sargón, el hijo de Hanna.

Dos semanas antes de ahogarse, se habían trasladado desde su ciudad natal de Qamishle a la ciudad turca de Nusaybin. La frontera ya está cerrada hoy. La esposa de Jacob se quedó en Siria, con la intención de reunirse con su marido una vez que él se hubiera establecido. En su camino se detuvieron en la casa del hermano de Hanna, en Midyat, al sureste de Turquía. Éste les rogó que no fueran a ninguna parte. “Contaban consigo mismos y sus habilidades. Ambos eran pescadores y muy buenos nadadores. No tenían miedo del mar “, dice su hermano, Gabriel Banayan.

“Parece que, desde el punto de vista de los europeos, nuestros hermanos huyen del país con la intención de hacer más dinero y obtener mayor confort. Tenemos de todo aquí: internet, móviles de última generación y todo lo demás. También tenemos trabajo del que vivir. No necesitamos marcharnos; es sólo que nuestra ciudad se encuentra a pocos kilómetros de los extremistas. Tenemos que proteger nuestras vidas. Y tenemos que proteger la vida de nuestros hijos. La comodidad en Europa sólo la tendremos cuando trabajemos allí “, dice Gabriel.

El hermano menor, Jacob, no tenía hijos. En un ambiente donde los niños representan toda la fortuna que uno puede alcanzar, un hombre que no puede tener hijos no es nadie. La única persona a su alrededor que le respetaba plenamente era su hermano Hanna. Casi siempre estaban juntos; en el trabajo, cuando vendían bombonas de gas puerta a puerta, así como después del trabajo. Jacob no quería dejar marchar a su hermano Hanna. “Se echó a llorar cuando supo que su hermano había decidido irse en busca de una vida mejor”, explica su hermano Gabriel, que vive en Turquía. Además de una vida mejor, Hanna tenía una motivación añadida: asistir a la boda de su hijo Sargón en Suecia. Se suponía que debía casarse este año. En su lugar, el hijo asistió al funeral del padre el sábado pasado. “Había tanto cristianos como musulmanes en el barco”, concluye su sobrino, Hanna, al hablar de los hermanos Hanna y Jacob.

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DOS AÑOS DE ESPERA

Los hijos del fallecido Hanna huyeron a Turquía hace dos años. “No tenían trabajo en Turquía y tampoco podían asistir a la escuela. No tenían la residencia, por lo tanto, no se les permitía asistir a la escuela.”, explica María, la hermana de Hanna. Si el barco no hubiera naufragado, la eterna espera por tener una vida normal habría terminado.

“Todos nuestros chicos son reclutados por el ejército. Y, una vez que se han ido, los demonios del ISIS comienzan a atacarnos. Sin embargo, también podemos decidir que nuestros hijos vayan a luchar con el ISIS. En tal caso, es el ejército quien nos ataca. Simplemente tenemos que conseguir que nuestros hijos salgan de aquí”, describe la situación Gabriel, después del funeral en Midyat. La familia numerosa tiene un sentido vital para los sirios, tanto musulmanes como cristianos. “Nuestras formas de vida a menudo se superponen.”, dice Zeki, alcalde de un pueblo cerca del monasterio, a unos 60 km de Midyat, sentado en el suelo y bebiendo té. Si un extranjero mal informado saliera de la habitación, creería encontrarse dentro de una mezquita y no en el recinto de un monasterio.

En el pueblo de Odabasi, en la parte turca de Tur Abdin, viven varias familias cuyas historias se ven afectadas por la guerra civil en Siria. “Si nos tuviéramos hijos, nos hubiéramos quedado”, dice Hanna Musa de la ciudad siria de Hewore. Hace dos años tomó la decisión de abandonar la ciudad, junto con su esposa y 5 hijos. Durante meses, la gente en Hewore había estado muriendo, independientemente de su religión. El punto de ruptura se produjo cuando vieron a sus vecinos muertos. Sólo una semana después salieron de su casa y huyeron. Ya llevan dos años viviendo en una de las casas, cedidas gratuitamente por su suegro, que vive en Holanda. Viven con el apoyo de una organización cristiana europea. “Tenemos una tarjeta que podemos utilizar para hacer compras en las tiendas IZLA por la cantidad de 150 libras turcas”. Actualmente, la cantidad equivale a unos 40 Euros. Uno de sus hijos utiliza el largo tiempo de espera para aprender el idioma siríaco en el monasterio Mor Augin, no lejos de la aldea Odabasi. En Siria estudiaba árabe.

Rany, de Siria, sale de la iglesia durante la misa de Viernes Santo, el día en que se conmemora la crucifixión de Cristo. Enciende un cigarrillo durante el canto en la iglesia. No por recordar los acontecimientos que tuvieron lugar hace dos años. Es sólo un viejo hábito que a nadie le importa ya. Se ríe, hace bromas, cree que puede llegar a Alemania. “También hay cristianos en Alemania, ¿no es así? “, pregunta retóricamente. “Había bombas explotando a nuestro alrededor todo el tiempo. Empezamos a sentirnos realmente asustados. Así pues, decidimos huir. Salí de nuestra casa en Hasaka hacia Kachtania para gestionar nuestros pasaportes, y cuando llegué a casa encontré a mi madre y mi padre muertos en el patio. No tengo idea de por qué murieron”, recuerda Rany, que lleva viviendo 2 años de espera en el pueblo de Odabasi.

Hace una semana, Malak Hajjar y su familia se mudaron a una casa del marido de su hermana en la antigua ciudad de Midyat. Él había venido de un campo de refugiados a las afueras de Midyat, a pocos cientos de metros del lugar donde fueron enterrados los hermanos Hanna y Jacob. El campamento se divide en dos secciones, la cristiana y la musulmana. Saludan a los musulmanes, pero no se comunican especialmente. “Antes, en Siria, todo iba bien. Yo tenía mi propia casa, mi familia, mis amigos. Había también algunos musulmanes entre ellos. Nunca habíamos tenido ningún problema. Nos ayudábamos mutuamente. Cuando el país estaba gobernado por Asad todo iba bien. La policía funcionaba y era capaz de protegernos contra los extremistas”, expone la situación como era hace dos años. Decidió huir cuando su hijo fue secuestrado por los hombres del ISIS. Le pidieron un rescate de 25.000 dólares. “No teníamos esa cantidad de dinero, por lo que lo retuvieron”, dice Malak, al borde de las lágrimas. No ha conseguido ninguna prueba de lo que ha ocurrido con su hijo. Por suerte, no llevaba su tarjeta de identidad siria, en la que se indica la religión de su portador.

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ASIRIA CRISTIANA

A los funerales suelen asistir todos los cristianos de la ciudad de Midyat y alrededores. Hoy en día, hay en total unos pocos cientos en el área de Tur Abdin. Hanna y Jacob murieron durante los días de Pascua. Sus cuerpos fueron enterrados en la tumba familiar, dentro del recinto del monasterio Mor Abraham. Las comunidades cristianas de este área se mantienen unidas. Todos se conocen entre sí y todos son amigos. Todos ellos se encuentran a bordo del mismo barco, llamado Tur Abdin. Algunas iglesias en los monasterios también cuentan con salas donde se reúnen para hablar y beber té o café una vez que la misa ha concluido. Incluso una hora después de la misa siguen charlando. Entonces, un sacerdote cierra el monasterio y todos se desparraman por las calles de la ciudad vieja, en la que hay 6 iglesias, pero ni una sola mezquita. Éstas sólo se encuentran en las áreas marginales. Un desconocido sin conocimiento de la historia del lugar nunca diría que se halla en un mundo cristiano. Todo alrededor emana la atmósfera de las callejuelas de Las Mil y Una Noches. Hay casas de piedra que se tornan rojas a la puesta del sol y están llenas de historias de las preocupaciones y las alegrías de la vida cotidiana. Las estaciones se suceden en constante cambio, en las que el bienestar de las familias musulmanas y cristianas se sustituye por tragedias causadas por las luchas de poder y avaricia, libradas por individuos dementes y no por los creyentes musulmanes o cristianos.

“Somos descendientes de los babilonios, asirios, que se han convertido al cristianismo. Esta es nuestra patria”, dice Hanna, un sobrino del fallecido Hanna. “Es un paraíso en la Tierra. Por eso quieren quitárnoslo”, añade Gabriel, el asirio que vive en Australia, un descendiente tras 18 generaciones de su familia, entre cuyos miembros siempre ha habido monjes o sacerdotes.

La mancha de sangre en las almas de los cristianos locales es el año 1915, cuando murieron numerosos cristianos. “Los monasterios de Tur Abdin, las iglesias y los cristianos locales fueron atacados por gentes de los pueblos vecinos”, Gabriel expone la situación. Durante los años 80, la situación no era mucho mejor. Aunque los cristianos no muriesen en número tan alto como antes, una serie de ataques a discreción les hizo temer por la vida de sus familias, y comenzaron a abandonar Turquía, principalmente hacia Alemania y Suecia. “Hoy en día, la ciudad sueca de Soderfalje se conoce como Nueva Asiria. Hemos levantado allí cuatro iglesias”, dice María, una hermana del fallecido Hanna, que vive en la ciudad.

“Primero huiste a Siria cuando te perseguían en Turquía; ahora huyes de Siria hacia Turquía, y quieres irte a Europa. Aquí está tu patria”, así es como Hanna, el sobrino de los hermanos Hanna y Jacob, interpreta el sermón fúnebre del arzobispo Timotej Aktasa.

Muy lejos de los campos de refugiados, en la cima de la colina frente al “Monasterio de la Cruz”, una monja de más de 80 años de edad, Dayrajto, besa una roca. Una vez allí hubo otro monasterio. Un día, en 1915, la gente de los pueblos vecinos rodeó el monasterio y mató a 77 monjes que vivían allí. Hoy en día, no queda casi nada. Incluso han ocupado el suelo que los monjes cultivaban. Estos días, sin embargo, los campos están vacíos y nadie se ocupa de ellos. El monasterio está en calma ahora. “Rezo por mis enemigos. Les perdoné lo que hicieron hace mucho tiempo. Esto es lo que Jesús enseñó, después de todo”, concluye Dayrajto al hablar de la tragedia de los cristianos sirios en Turquía, sin asomo de odio en sus palabras.

re1a-300x225“Hay más de mil millones de cristianos. Sin embargo, sólo un pequeño grupo de ellos se comporta como verdaderos cristianos. Hay millones de musulmanes también, pero sólo unos pocos de ellos siguen el Corán. Son aquéllos que no lo siguen quienes son nuestros enemigos y nos atacan”, Gabriel expresa su punto de vista personal. “Si amas a tus enemigos, no tienes enemigos”, concluye.

“¿Qué es lo que deseas?”, pregunto a un tipo de seguridad del aeropuerto de Diyarbakir, durante una larga espera hasta la madrugada, a mi llegada a la región. “Que las gentes no se maten unos a otros”. “¿Cuál es tu nacionalidad?”, pregunto. “Soy eslovaco, kurdo, alemán, noruego… Simplemente, soy un ser humano. Si nos llevamos bien unos con otros, Dios nos protege, tanto a cristianos como a musulmanes, contra el Mal. “, responde el musulmán. Y comienza un nuevo día.

Fuente Vocaleurope

Traducido por Rojava Azadî

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