Erdogan: Fabricando ilusiones de poder popular en la Turquia post-golpe de estado

Autor: Joris Leverink para ROAR Magazine

Tras el golpe de estado en Turquía se han sucedido continuas celebraciones por la victoria de la nación sobre los golpistas. El lema hakimiyet milletindir que significa “la soberanía pertenece a la nación” se ve por todas partes. Se puede leer en los carteles y pancartas en las innumerables paradas de autobús, en las farolas, pasos elevados, vallas publicitarias y en las pantallas de televisión que amenizan el transporte público. Banderas turcas de un rojo brillante adornan los coches, escaparates y los edificios públicos. Durante varias semanas, se reunían cada noche en grupos denominados “guardianes de la democracia”, interpretando marchas otomanas mientras agitaban banderas a la voz de “Dios es grande”. Incluso se escuchaba una banda sonora popular en dichos encuentros cuyo pegadizo estribillo alaba al presidente al ritmo de “Reee-ceeep Tay-yiiiip Erdogan”.

La noche del 15 de julio, cuando el intento del golpe estaba aún en su apogeo, el presidente turco apareció en la televisión haciendo un llamamiento al pueblo a que salieran a las plazas y calles y protegieran la democracia. Realizó una arriesgada apuesta que facilmente podría haber terminado con la muerte de miles de personas. El llamamiento fue escuchado por millones y este fue el momento en que el destino del golpe fue sellado. Mientras el presidente reunía a sus acólitos en las calles, los golpistas nunca serían capaces de obtener el suficiente apoyo popular para establecer el control sobre el país sin necesidad de iniciar una guerra civil.

Esta apuesta dio sus frutos. A pesar de que hubo 250 civiles muertos durante los enfrentamientos con los militares, “el pueblo” obtuvo la victoria. Decenas de miles respondieron a la llamada de Erdogan y acudieron en masa a las calles para hacer frente a los soldados. Desde entonces, dicha resistencia se ha convertido en el mito nacional, en como una nación heroica hizo frente al desafío de proteger a su tierra natal. Si antes del golpe, la sociedad en Turquía se encontraba muy polarizada, tras el golpe dicha polarización ha alcanzado niveles sin precedentes, en el que todos los rivales del partido gobernante, pueden ser considerados enemigos del estado y ser tratados como tales. El gobierno ha explotado hábilmente el relato de “la victoria de la nación sobre el mal” y ha sentado las bases de una nueva relación de fuerzas que no son un buen augurio para aquellos que se niegan a marchar al ritmo del tambor del presidente.

LA LUCHA CONTRA EL ENEMIGO INTERNO

“La resistencia al golpe de estado turco es la ‘Segunda Guerra de la Independencia’”, reza un titular en su portada del diario Anadolu Post, un periódico en lengua inglesa perteneciente a la agencia de prensa del estado turco. Uno mientras escribe esto podría sonreir pensando que se trata de un caso de complejo de superioridad ilusoria, pero es exactamente lo que está ocurriendo desde el 15 de julio: la población turca han derrotado a su enemigo, ha roto sus cadenas y ha traído un gran honor a la nación, o eso dice la historia.

La ‘Primera Guerra de la Independencia’ fue dirigida contra las fuerzas de ocupación extranjeras. Está fue dirigida por Mustafa Kemal Atatürk, quien después fundara la República de Turquía en 1923. La ‘guerra de 2016’, al contrario, ha sido dirigida hacia los enemigos internos, catalogados de traidores, renegados que intentar sabotear el destino imaginado de Turquía como la superpotencia del siglo XXI. Estos enemigos internos variarán según se pregunte a quien y cuando. Los amigos se convierten en enemigos, los demonios en semejantes, este es el hilo conductor que corre a través de la historia del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), de la forma de como llegó al poder y de como se expandió su influencia, y ahora finalmente, de la forma en que afianza su dominio.

La gran parte de las decenas de miles de empleados estatales que fueron despedidos y detenidos a raíz del golpe, son militares y policías, las mismas personas que hasta hace poco fueron aplaudidas por el gobierno por sus respectivos papeles en la lucha contra los militantes kurdos. Durante las protestas por Gezi que se produjeron por todo el país en el 2013, Erdogan que en aquel momento todavía era primer ministro, alabó la ultraviolenta represión policial contra los manifestantes pacíficos como si de una “saga heroica” se tratase. Ahora, muchos de aquellos policías se han convertido en el objeto de su ofensiva. Esto demuestra lo fácil que es caer en desgracia en la Turquía de Erdogan: en un minuto usted pasa de ser un héroe a enemigo del estado.

Muchos de las miles de personas que fueron víctimas de la purga posterior al golpe pueden haber tenido relaciones o simpatías por el movimiento Gülen, cuyo líder está acusado de ser el autor intelectual del intento de golpe desde su casa en Virginia, acusación que él mismo niega. Pero incluso si estas personas se adhirieron a las ideas de Gülen, existen pocas posibilidades de que todas ellas estuvieran involucradas en los planes para derrocar al gobierno. A día de hoy no se ha demostrado la implicación de Gülen o la de sus adeptos. Algunas pruebas apuntan en dirección a la autoría de un movimiento más amplio, pero la velocidad y la certeza con la que el gobierno turco y sus medios de comunicación afines han propagado esta versión de los hechos deja poco espacio para cuestionar otras posibilidades.

Lo que estamos presenciando es una purga de lo que el AKP percibe como sus ‘enemigos internos’, es decir, todos los que todavía no se han comprometido ciegamente a la causa del partido. A lo largo de los años en el poder, el AKP se ha enfrentado a muchos enemigos en numerosas ocasiones, algunas más reales que otras: desde separatistas, estado profundo, ‘çapulcus’ o merodeadores hasta un internacional “lobby” y desde el 2012 los ‘gülenistas” han ocupado un lugar destacado en esta lista.

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¿A QUIÉN PERTENECE LA SOBERANÍA?

El lema ‘La soberanía pertenece a la nación’ es un buen ejemplo del uso que el AKP hace de la propaganda para manipular la percepción que tiene la población de la realidad social en Turquía. El lema, efectivamente consigue dos metas. Primero, se envía un mensaje falso a las personas que componen la sociedad civil, que difiere de la clase política y financiera, que son los que realmente detentan la soberanía. Segundo, se hace una clara distinción entre aquellos que pertenecen a la nación turca y los que no lo son. Dicho lema implica que la nación turca ha impuesto con éxito su voluntad en el país cuando derrotó a los golpistas. Sugieren que ‘el pueblo tiene el control’ y que sin su aprobación no se permitirá ningún cambio. Por supuesto que hay un elemento de verdad  en esto, sobre todo en lo que respecta al intento del golpe, que pudo contar con una muy pequeña muestra de apoyo popular (casi marginal). El golpe fue condenado desde todos los ámbitos, desde la izquerda del HDP hasta el ultranacionalista MHP.

Sin embargo, para hacer un paralelismo entre la resistencia popular contra el golpe y el locus de la soberanía política, hay que tomar los acontecimientos fuera de contexto y tergiversar las actuales relaciones de poder. ‘La soberanía pertenece al pueblo’, solo en la medida de que la voluntad popular pasa a alinearse con los  intereses estratégicos del AKP. Haciendo hincapié en el caso en que los dos coinciden supone un truco barato para recrear la ilusión de que el partido no es más que un humilde servidor del pueblo.

El AKP se ha abstenido de reclamar ningún derecho de propiedad sobre las acciones populares que contribuyeron a la derrota del golpe de estado. Simplemente promueven la narrativa que ‘el pueblo’ respondió a la llamada de su presidente para defender la democracia. A pesar de una notable falta de banderas y símbolos entre los que salen todas las noches a las calles como los denominados “guardianes de la democracia”. no hay duda de que son partidarios de hecho del gobierno, como ha demostrado una encuesta reciente. En cambio, son prominentes las banderas, bufandas y retratos con la imagen del presidente, que ya superan a las imágenes de Atatürk. Esto es un signo inequívoco de hacia donde se dirige el país. Con el AKP fuera ‘supuestamente’ de la ecuación, lo que queda el el ‘pueblo’ por un lado, y su presidente por el otro, un presidente que se autodenomina así mismo como el realizador de la voluntad nacional.

A raíz de la idea de que nada puede ocurrir en Turquía a menos que sea tolerado por el pueblo, la conclusión lógica es que todo lo que hay, tanto si se trata de la destrucción de las ciudades kurdas, como la construcción de un tercer aeropuerto en Estambul, o del cierre de los medios de comunicación críticos, lleva el consentimiento de la nación. Por implicación, la misma nación también es libre de tomar el asunto en sus propias manos, infundiendo un gran temor a la violencia entre los gupos étnicos minoritarios como kurdos, alevíes, LGTB e izquierdistas. Las preocupaciones de los marginados no se hacen eco de la nación, por lo tanto pueden ser facilmente ignorados y reprimidos.

Todo esto sirve como un poderoso recordatorio de que en la Turquía del siglo XXI, la democracia se entiende como la dictadura legal de la mayoría. El que recoge la mayor cantidad de votos es ahora libre de gobernar como mejor le parezca, sin rendir cuentas a nadie más que a su propia circunscripción.

Uno de los puntos fuertes del AKP en estos últimos 15 años es que ha logrado atraer el apoyo de una mezcla ecléctica de grupos sociales, religiosos y étnicos: desde los nacionalistas a los islamistas, de liberales a conservadores y desde kurdos turcos a millones de turcos en el extranjero. Cada uno de estos grupos ha conocido un rostro diferente del  AKP, una cara familiar y amigable en la que confían y creen, perfectamente adaptado a cada una de sus respectivas creencias, intereses y visiones del mundo.

También kurdos religiosos vieron un partido que estaba dispuesto a mirar más allá de la etnicidad y encontrar puntos en común en una fe compartida. Los empresarios encontraron un partido que era pro-mercado y pro-empresarial, listo para abrir Turquía al mundo y aprovechar los beneficios que vienen con él. Los nacionalistas turcos reconocen en el AKP un partido que estaba decidido a convertir a Turquía en un país grande de nuevo, y configurarlo para convertirse en la primera superpotencia islámica del mundo.

Una vez que el AKP afianzó firmemente su dominio y el presidente de atar bien su poder, el partido es libre de disponer de algunas de las máscaras que previamente se había enfundado para garantizar la lealtad y el apoyo. Con los años, el AKP ha concedido el poder y la autoridad a los leales al partido, mientras tanto entrega favores y regalos a los demás junto a un mensaje adjunto: ‘lo que se da también puede ser quitado’. Ahora la dirección política del país ha llegado a la conclusión de que las zanahorias y los palos pueden ser herramientas apropiadas para domesticar un aparato estatal rebelde, pero que son de poca utilidad cuando se lleva a una nación hasta el extremo. Un verdadero mandato popular no puede ser ganada tan solo con amenazas y regalos. Junto con su líder, el AKP se ha presentado como el partido que encarna la “voluntad nacional”, como expresión de los sueños y los deseos de la nación. Sin embargo, a través de un ferreo control de los medios del país y de los planes de estudio en colegios y universidades, el AKP se ha asegurado que la nación crea lo que el partido quiere que crean, y que deseen lo que el partido desea.

El llamado “rally de la democracia” del 7 de agosto, fue testigo de millones de personas que acudieron a Estambul, y sirvió para este mismo propósito. Se pronlonga y se explota la euforia de las masas tras sentirse protagonistas del derrocamiento de los golpistas y así se mantiene la ilusión de que son las personas las que mueven los hilos de este país. Es revelador que los símbolos de los partidos fueron prohibidos explícitamente en dicho rally, al que también asistieron los líderes del CHP y MHP, mientras que las imágenes de Erdogan eran ubícuas. También el cambio del nombre del Puente del Bósforo y otros puntos de interés por el de los “Mártires del 15 de julio” está diseñado para lograr un objetivo similar a largo plazo.

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El resultado de estas prácticas es que ciertos grupos sociales se sienten envalentonados para dar forma activa a su entorno social. El espacio público ha sido apropiado  por los partidarios del gobierno, y se sienten con derecho a controlar así como el control policial lo consideran necesario. Inmediatamente después del golpe hubo informes de que varios grupos atacaron e intimidaron barrios kurdos y alevíes, de mujeres que no se visten con la costumbre islámica fueron atacadas y de amenazas proferidas contra las personas que se negaron a colaborar con el frenesí nacionalista.

Un mes después del golpe, la mayoría de los “guardianes de la democracia” se habían disuelto. Los coches con altavoces ya no tocan sus vocinas por las noches. A pesar de las detenciones masivas de periodistas, académicos y funcionarios públicos, cierre de empresas y universidades, la vida cotidiana se puede considerar casi normal. Sin embargo, es difícil escapar de la sensación de que algo ha cambiado de manera fundamental.

Las turbas del AKP pueden haber desaparecido de las calles por ahora, pero todo el mundo sabe que con un simple chasquido de dedos del presidente, saldrán con toda su fuerza. Este es su país ahora, o al menos eso les hacen creer, y en adelante se establecerán una reglas. Camina en la línea, piensa en la línea, habla en la línea y te irá muy bien. Si no es así, la nación con mucho gusto te ajustará las cuentas.

Traducción: Newrozeke

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