Asambleas de Ciudadanos, desde Nueva Inglaterra a Rojava

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Un ejemplo de democracia asamblearia es la tradición de la Reunión de la Ciudad de Nueva Inglaterra, que ha persistido a lo largo de los siglos desde los primeros asentamientos coloniales de puritanos ingleses. ¿Cuáles son las conexiones con el Municipalismo Libertario de Bookchin y el Confederalismo Democrático?

 

“Desafiar la Modernidad Capitalista II” – Hamburgo, Alemania – 5 abril 2015

Ponente: Janet Biehl

Video: Janet Biehl

 

Durante unos cientos de años, las reuniones de la ciudad han sido el gobierno local de las poblaciones en el norte de Nueva Inglaterra, incluyendo el estado de Vermont, donde vivo. El primer martes de marzo de cada año, en las 240 ciudades, los ciudadanos se reúnen en una escuela local u otro gran local para tomar decisiones para su comunidad. Es el último suspiro del invierno, y el florecimiento anual de la democracia popular se muestra como un signo seguro de la venida de la primavera.

En ciertos aspectos relevantes, las reuniones de las ciudades son como las comunas de Rojava. Se trata de asambleas democráticas cara a cara. Se celebran al nivel más local: en Vermont, las ciudades son en su mayoría de menos de 2.500 personas, el equivalente a las aldeas de Rojava.

Pero también difieren. En Rojava también existen asambleas comunales en los barrios de las ciudades. Pero en Vermont sólo las hay a nivel de ciudad; los barrios no tienen asambleas, excepto en la ciudad de Burlington, donde Murray Bookchin ayudó a crearlos.

En Rojava, las comunas son la base de todo el autogobierno y, por lo tanto, están investidas de un poder soberano. Las comunas comparten el poder, pero lo comparten horizontalmente. En Vermont, las ciudades tienen poder soberano sólo para asuntos locales. El poder se divide, verticalmente, entre las ciudades, el estado de Vermont y el gobierno federal en Washington.

En Rojava, las comunas se reúnen con frecuencia porque son la base del autogobierno democrático de la sociedad. Las reuniones de la ciudad se celebran sólo una vez al año, aunque pueden reunirse más a menudo si lo desean.

En Rojava, hay varios niveles de consejos confederales, mediante los cuales las asambleas comunales se autogobiernan colectivamente en áreas más amplias. En Vermont, las reuniones de las ciudades no se confederan, excepto en las asociaciones no gubernamentales libres.

En Rojava, las decisiones tomadas por los ciudadanos en las comunas se trasladan hacia arriba escalando los restantes niveles. En Vermont, las decisiones de las ciudades no lo hacen, si bien las ciudades pueden decidir firmar resoluciones no vinculantes sobre cuestiones nacionales o internacionales si así lo desean. La más conocida se produjo en 1982, cuando más de 150 pueblos votaron conjuntamente a favor de la congelación de las pruebas con armas nucleares. Todas esas decisiones eran no vinculantes, tenían fuerza moral pero no fuerza legal. No obstante, su fuerza moral resultó ser potente: inició todo un movimiento a lo largo de Estados Unidos que culminó en una manifestación millonaria en Nueva York.

Podemos rastrear las diferencias hasta sus orígenes. Las comunas de Rojava son nuevas; las reuniones de las ciudades tienen siglos de antigüedad; son más antiguas que la instauración de Estados Unidos como país. En Rojava, las comunas y sus confederaciones se originaron a partir del Confederalismo Democrático de Ocalan, y se modelaron conscientemente en un programa específico de asambleas en una confederación. Las reuniones de la ciudad de Nueva Inglaterra se remontan a los primeros asentamientos en Massachusetts en el siglo XVII, instauradas por los puritanos procedentes de Inglaterra. Es de reseñar que Ocalan ha sido influido por Bookchin, que estudió de cerca las reuniones de las ciudades y se inspiró en ellas para crear el municipalismo libertario.

En ese momento [siglo XVII], Europa estaba sufriendo la Reforma, una reacción contra la corrupción, el nepotismo y la decadencia de la Iglesia Católica Romana. El protestantismo era un movimiento de reforma, y ​​había diferentes tipos de protestantismo: algunos grupos exigían más reformas que otros. La versión de los puritanos era muy extrema: rechazaban absolutamente la validez de cualquier jerarquía eclesiástica para mediar entre la congregación de creyentes y Dios. Esto fue muy radical en ese momento.

El resultado fue que las congregaciones puritanas se constituyeron como un cuerpo religioso autónomo, afirmando que ellos y sólo ellos podían interpretar las Escrituras para sí mismos. Una vez establecidos en Nueva Inglaterra después de 1629, fundando pueblos donde no habían existido antes, esa autonomía religiosa se extendió al mundo civil en forma de autonomía política. La congregación adoradora se convirtió en la reunión gobernante de la ciudad. Podían regular en su religión y aprobaron leyes sobre sus comunidades.

En los años anteriores a la Revolución Americana, las reuniones de las ciudades se extendieron fuera de Nueva Inglaterra, tan al sur como Charleston, Carolina del Sur. Y en la década de 1770 fueron los motores de la actividad revolucionaria contra el gobierno británico, especialmente la reunión de la ciudad de Boston. Pero después de que los Estados Unidos lograran la independencia, las fuerzas conservadoras llevaron a cabo la contrarrevolución contra las instituciones del poder popular. Se aseguraron de que en la mayoría de los lugares se sustituyeran las reuniones municipales por formas constituyentes de gobierno municipal, en las que los distritos urbanos elegían a los concejales y alcaldes. Sólo los pueblos del norte de Nueva Inglaterra se mantuvieron fieles a sus asambleas democráticas.

Continúan reuniéndose, y sabemos algunas cosas sobre ellas. Se reúnen el primer martes de marzo, comenzando temprano de madrugada. Un moderador dirige la reunión. Todos los ciudadanos adultos de la ciudad pueden asistir y participar.

La agenda consiste en una variedad de asuntos, a los cuales los ciudadanos pueden contribuir por adelantado; el orden del día se anuncia (“se hace público”) treinta días antes de la reunión. Asuntos concretos, como reparar una carretera o comprar un nuevo camión de bomberos. Lo más absorbente es el presupuesto de la ciudad, inevitablemente, un tema de mucha discusión, ya que definir cuánto gasta la ciudad en algo concreto a lo largo de un año dado refleja sus prioridades; es un documento moral. Cuando finaliza la discusión sobre un tema en particular, los ciudadanos votan a mano alzada y luego pasan al siguiente. También eligen a los cargos de la ciudad, convocan a la junta electoral, quien supervisará la ejecución de las decisiones adoptadas durante el siguiente año.

Los habitantes de la ciudad se sientan en duras sillas metálicas plegables (¡como las que vi en Rojava!) que resultan incómodas, pero ellos continúan de todos modos, y la reunión por lo general dura de tres a cuatro horas. Ya sea durante o después, se reúnen para almorzar y la gente del pueblo trae comida casera.

Estas características de la reunión de la ciudad son más o menos las mismas que eran hace un siglo. E históricamente sabemos qué decisiones tomaron y qué oficiales eligieron, porque están registrados en las actas de los archivos de la ciudad.

Las historias sobre la reunión de la ciudad se han grabado en la sabiduría de Vermont. Han sido muy admiradas: el filósofo Henry David Thoreau llamaba a la reunión de la ciudad “el verdadero congreso…, el más respetable jamás reunido en los Estados Unidos”. En otras ocasiones fueron vilipendiadas por políticos tradicionalistas, como titubeos de gañanes sin educación. Murray Bookchin replicaba que son un raro ejemplo de democracia asamblearia, en la tradición de la antigua Atenas; una tradición, en mi opinión, a la que Rojava está en proceso de unirse.

Pero desde el punto de vista de las ciencias sociales, no sabemos mucho sobre las reuniones históricas, porque nadie las estudió realmente. Para saber qué pasa en una reunión de la ciudad, cómo funciona la discusión, por ejemplo, hay que asistir personalmente. Pero todas se reúnen al mismo tiempo y una no puede dividirse en 240 personas.

Así que no sabemos, por ejemplo, cuántas personas han asistido, o qué proporción de residentes de la ciudad ha asistido a la reunión. ¿Cuántos de ellos hablaron y cuántos callaron? ¿Se hablaba más cuando la reunión era pequeña o grande, cuando estaba llena o escasa de participantes? ¿Con qué frecuencia hablaba un orador? ¿Cuántas mujeres participaron, cuántas hablaron y cuántas se callaron? ¿Cómo ha variado algo de esto con el tiempo? ¿Las reuniones de las comunidades más ricas se desarrollaron de manera diferente a las de las comunidades más pobres? ¿Qué pasa con las comunidades mixtas? ¿Los ricos y educados hablan más que los pobres y menos educados?

Es decir, no sabíamos estas cosas hasta hace poco. En 1970, un profesor de ciencias políticas de una universidad de Vermont decidió estudiar este tema tan importante. Había crecido con las reuniones de la ciudad y se sentía frustrado porque la ciencia política convencional no hablaba de las reuniones de la ciudad cuando hablaba de democracia. Ni tan siquiera había un solo libro dedicado al tema.

En 1970, Frank Bryan tuvo una idea brillante. Asignó a sus estudiantes -quizás treinta o así- la tarea de ir a las reuniones. Cada uno se sentaría con un cuaderno y contaría el número de asistentes, identificaría su género y tal vez algo sobre su status socioeconómico. Los estudiantes anotarían el momento del inicio y el final de la reunión. Cuando alguien hablase, el estudiante escribiría en la planilla “hombre calvo con camisa de cuadros”, “mujer de cabello castaño con chaleco verde”. Anotarían el punto del orden del día del que hablasen, cuántas veces y durante cuánto tiempo. Al final de la reunión, el estudiante recopilaría todos estos datos y los presentaría a Frank Bryan. Como científico social, pondría todos los datos juntos y compararía los números y utilizaría el análisis de regresión y todas esas cosas para extraer la información. Lo hizo desde 1970 hasta 1998 y publicó los resultados en 2004 en su libro Democracia Real, que recomiendo encarecidamente[1].

Él completó nuestro conocimiento. En 2004, en promedio, alrededor del 20% de los ciudadanos participaban, lo que es una muestra decente, para una reunión de todo un día de duración. De media, de cada 100 participantes, 44 hablaban. El 10% más hablador representaba el 50 o 60% del total de participaciones. Por lo general, hablaban durante un minuto o dos cada vez que lo hacían. Algunos simplemente exponen su opinión y eso es todo; otros son más habladores, abriendo el diálogo entre varios participantes. Cuanto menor el número de asistentes a la reunión, mayor distribución del tiempo de participación entre los presentes[2].

Las ciudades más ricas y las ciudades pobres no difieren mucho en la duración de la reunión o en la participación. En el siglo XVIII, Ralph Waldo Emerson había escrito que, en las reuniones de la ciudad de Concord, Massachusetts, “los ricos daban consejo, pero también los pobres; y más aún lo justo y lo injusto”. Lo mismo es cierto hoy en día, descubrió Bryan: dentro de una comunidad dada, el estatus de clase no aporta diferencia alguna en la participación[3]. Las personas educadas e influyentes no dominan la charla pública. Todo el mundo expone sus opiniones. De hecho, la participación aumenta cuando hay un conflicto.

En cuanto a las mujeres: en promedio, entre 1970 y 1998, representaban el 46% de los asistentes a las reuniones de la ciudad. Pero suponían sólo el 36% por ciento de los ciudadanos que hablaban y eran responsables de sólo el 28% de las participaciones. Hablaban más en ciudades pequeñas que en ciudades grandes[4].

Pero Bryan también descubrió que la participación de las mujeres había aumentado en esos años. En 1970, la segunda ola de feminismo se estaba poniendo en marcha y, seguramente, muchas mujeres sentían que la participación política era una cosa de hombres. Pero, para 1998, asistían en mayor número que al principio y eran mucho más habladoras.

Sin embargo, incluso con el 46%, la participación de las mujeres supera la cuota de género en Rojava; y con el 46% excede la participación de las mujeres en otras partes del gobierno de los Estados Unidos. Desde los consejos municipales hasta el gobierno de Washington, la participación de las mujeres es mucho menor. El Senado de los Estados Unidos está compuesto por sólo un 20% de mujeres. La participación femenina da fe de la importancia de la democracia asamblearia para las mujeres y de las mujeres para ella.

Las ciudades se habían estado reuniendo durante siglos antes de que Frank Bryan tuviera la brillante idea de registrar este tipo de información. Espero que Rojava no espere tanto para documentar sus asambleas. ¡Qué gran proyecto sería para los estudiantes de la Academia de Mesopotamia en Qamislo documentar la participación en las comunas de Rojava! ¡Qué útil sería para Rojava saber lo que está pasando en su propia sociedad y ser capaz de defender y explicar el autogobierno democrático ante los forasteros!

Más allá de las cifras, las asambleas de la ciudad del norte de Nueva Inglaterra ofrecen importantes experiencias que trascienden la cultura y seguramente serán compartidas por las comunas de Rojava.

En primer lugar, las asambleas ciudadanas no son sólo lugares de participación política, sino también escuelas de participación política.

Para muchas personas, hablar en público es difícil, incluso aterrador. Es aún más aterrador en una asamblea, porque sus intervenciones están conectadas a la acción, a la votación, a la toma de decisiones, que afectan a cómo vivirá la gente en su comunidad. Resulta incluso más enervante para los grupos fuera de la red (mujeres, minorías), quienes pueden sentirse más vulnerables en virtud de su identidad.

Pero en la reunión de la ciudad se aprende a adquirir el coraje para hablar. Se aprende a no tener miedo a decir inadvertidamente algo trivial o tonto, porque todo el mundo lo hace de vez en cuando. Eso da confianza a la gente y desarrollan habilidades cívicas e incluso habilidades de liderazgo.

Una segunda experiencia: los participantes en las reuniones de la ciudad aprenden civilidad. Es fácil criticar a alguien con quien no se está de acuerdo desde la distancia, por ejemplo, frente a la pantalla de un ordenador a través de Internet.

Pero en la reunión de la ciudad uno se sienta junto a la gente con la que no está de acuerdo, que son, además, vecinos. En Internet simplemente puedes evitar los sitios con los que no estás de acuerdo, pero en la reunión de la ciudad tienes que sentarte y escuchar a tus vecinos expresar sus puntos de vista. Eso conduce a una mejor información, a una mejor comprensión. Aprendes a expresar tu desacuerdo en términos cívicos -como señala Bryan, en la reunión de la ciudad, ejercitas tu paciencia-. Aprendes a no insultar, a no mostrar desprecio o intolerancia, porque esa persona también es el recogedor de perros local o el técnico de emergencias médicas o el padre del mejor amigo de tu hijo en la escuela. Quién sabe, puedes modificar tu opinión, o ellos pueden modificar la suya después de escucharte. O quizás encontréis una manera para que ambos puntos de vista convivan.

Pero sea cual sea el resultado, ese proceso es más saludable para la comunidad en su conjunto. Enseña cooperación cívica, sociabilidad y confianza. Y lo hace para alcanzar mejores decisiones.

Murray Bookchin, que creció en la ciudad de Nueva York, siempre se sintió fascinado por los procesos urbanos, por la forma en que los extraños se incorporan a la vida comunitaria, por la rica textura de los barrios aledaños, así como por las ciudades y los pueblos. Disfrutaba de un discurso sociable entre las personas que conviven en el mismo lugar, en redes locales, clubes, gremios, sociedades populares, asociaciones y especialmente cafés, incluso en las calles del barrio. Tal sociabilidad, pensaba, era el núcleo de la libertad: proporciona un refugio frente a las fuerzas homogeneizadoras y burocráticas del Estado y del capitalismo y encarna los “medios materiales, culturales y espirituales para resistir”[5].

Por eso quería hacer revivir las asambleas de ciudadanos y multiplicarlas, de modo que existieran no sólo en las ciudades de Nueva Inglaterra, sino también en los barrios urbanos. Al proliferar las asambleas y luego coordinarlas en confederaciones contra el estado centralizado, decía, podemos descentralizar el poder en grupos comunitarios viables.

En muchos momentos de convulsión social, Bookchin escribió, “la gente ha vuelto a las formas asamblearias como manera de. . . tomar el control de su destino. … Al parecer, hay algo en este trabajo que tiene una realidad perdurable …. Algo en el espíritu humano … exige sistemas de gobernanza basados en la toma de decisiones cara a cara, una política tanto personalista como participativa. Es como si la necesidad de comunidad y comunión … emanara del espíritu humano mismo”.[6]

[1] Frank Bryan, Real Democracy: The New England Town Meeting and How It Works (Chicago: University of Chicago Press).

[2] Ibid., págs. 151, 155, 154.

[3] Ibid., pág. 183.

[4] Ibid., págs.. 189, 214, 226.

[5] Murray Bookchin, “The American Crisis II,” Comment 1, no. 5 (1980), p. 7.

[6] Murray Bookchin, The Rise of Urbanization and the Decline of Citizenship (San Francisco: Sierra Club, 1986 ), p. 257.

 

Janet Biehl es una escritora independiente sobre democracia y ecología. Su blog: biehlonbookchin.com. Su libro “Ecología o catástrofe: La vida de Murray Bookchin” fue publicado por Oxford University Press en 2015. Dedica también para de su actividad al arte. Vive en Burlington, Vermont.

 

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