Erdogan se corona en su palacio

Fuente: La Vanguardia
Autor: Jordi Joan Baños
Fecha: 11 julio 2018

El presidente toma posesión de una nueva República de Turquía hecha a la medida de sus ambiciones


Erdogan se corona en su palacio
El presidente Erdogan y su esposa, Emine, llegando al palacio para la ceremonia de toma de posesión (… / EFE)

ANKARA – Hubo más palacio que coronación. No en vano, a los sultanes no se les ceñía corona ni turbante, sino que se les presentaba la espada de Osmán. Así que, con su habitual verbo acerado, Recep Tayyip Erdogan tomó posesión el lunes por la tarde como hombre más poderoso de Turquía desde Atatürk, cuya longevidad en el poder superará en breve.

Durante los próximos cinco años, Erdogan concentrará en su persona la jefatura de Estado y de Gobierno, en una Turquía refundada a su medida. Algunos hablan ya de Segunda República, por la magnitud de las reformas. Estas fueron iniciadas hace más de una década y han ido siendo aprobadas trabajosamente en sucesivos referéndums, a pesar de la hostilidad del establishment kemalista y la polarización social.

Tras la toma de posesión en la Asamblea –con juramento de lealtad a la democracia, a la unidad nacional y al laicismo– Erdogan hizo una parada en el mausoleo de Atatürk. Pese a un discurso posterior más mitinero que presidencial –en el que nombró a Dios quince veces en tres minutos– Erdogan sigue escrupulosamente los pasos para ser ungido como presidente “de todos los turcos”.

Docenas, quizás cientos de Mercedes negros, no tenían problemas para aparcar en el interior del gigantesco complejo presidencial de Ankara, al que Erdogan –precedido por jinetes– llegó con el suyo cubierto por las rosas de sus simpatizantes y el saludo de 101 cañonazos. Acompañado de la primera dama, el presidente atravesó la guardia de honor de espadachines otomanos, lanceros mongoles y otros soldados altaicos con abigarrado disfraz de época y bigotes postizos.

Casi una treintena de jefes de Estado y de Gobierno les estaban esperando. Casi ningún occidental, ni árabe –excepto el emir de Qatar– pero muchos balcánicos, africanos y centroasiáticos, dibujando el contorno del mapa mental de la nueva Turquía.

Nostálgico de la gloria otomana, Erdogan cruzó una guardia de guerreros disfrazados con bigote postizo

Varias filas más atrás de diplomáticos y diputados, hay invitados muy distintos. En el mismo jardín, pero a pleno sol, se concentra una jugosa representación de la sociedad civil del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Directores de escuelas, conservatorios u hospitales, “nuevos y con más instrumental”, según un médico del mar Negro al que lo que más le gusta del cambio legal es “que no cambia nada”.

Antes de las últimas hileras vacías –debe haber la mitad de los 3.000 convidados anunciados– hay cuadros folklóricos y muchos deportistas. La ley de la atracción parece aproximar a los jóvenes boxeadores recién llegados de Tarragona con una ceja partida a las campeonas de esgrima.

Quizás la misma ley que acercaba al palacio de Erdogan a mandatarios como el ruso Medvédev, el venezolano Maduro, el guineano Obiang o el húngaro Orbán. Esa era la foto del día, junto al predominio de señoras con pañuelo en las primeras filas del poder turco. Foto que nada tiene ver con la que habrá hoy en la cumbre de la OTAN en Bruselas, que Erdogan no ha querido perderse pese a que el mensaje, recíproco, ya está enviado.

El palacio encargado por Erdogan sustituye al modesto de Çankaya que ocupó Atatürk. La impresión que da de lejos, de grandeza prêt-à-porter, exenta de detalles, mejora de cerca. Aunque su eclecticismo desubica, a medio camino entre un gran casino de Macao y una fantasía manchú del Tío Gilito, hasta con sus puertas de cámara acorazada. Sus cientos de habitaciones causaron polémica y, quizás para acallarla, se termina al pie del complejo una Biblioteca Nacional de dimensiones parecidas.

Hay un pequeño revuelo cuando, tras los mojitos sin alcohol, se reparten monedas conmemorativas de una lira, con su devaluación contenida en metacrilato. Mientras que en escena, bendiciendo la puesta de largo de la nueva república, el máximo funcionario del islam y los patriarcas de media docena de iglesias aguantan lo que les echen, incluida la Marcha Turca de Mozart. No obstante, el programa festivo ha sido suprimido por el accidente de tren sucedido el domingo y que causó 24 muertos en Tracia.

Lo que no podía faltar era el vídeo con imágenes del “poder de la gente derrotando a los tanques”, en julio del 2016. “Adelante con nuestra épica”. Los primeros decretos de Erdogan delatan el porqué último de la reforma: Ha disuelto el Consejo Militar Supremo, con el que las Fuerzas Armadas impusieron líneas rojas al poder civil durante décadas.

Tras agasajar a sus invitados internacionales, Erdogan tuvo tiempo de anunciar su nuevo gabinete. Hulusi Akar entró a la cena oficial como jefe del Estado Mayor y salió como ministro de Defensa. Los ministros han pasado de 26 a 16, con sólo dos mujeres. Erdogan, dice, quiere un gobierno de técnicos, no de diputados, pero le delata la elevación de su yerno, Berat Albayrak, a ministro de Finanzas.

El presidente –que ayer se estrenó, como es habitual, viajando a Chipre del Norte y Azerbaiyán– habló también en su arenga de “crecimiento compartido” y de “avanzar en derechos fundamentales”. “Que Dios nos libre de la injusticia, de la opresión y de la tiranía”, concluyó Erdogan. Amén, musitaron los patriarcas.

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