4 años desde el genocidio del pueblo yazidi en Sinjar [3 de agosto 2014]

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Desde la Brigada 19 de Julio hemos asistido a los actos de conmemoración del 3 de agosto, fecha del genocidio sobre el pueblo yazidí a manos del ISIS el 2014 en Sinjar.

Tras la liberación de Sinjar en una operación coordinada entre las fuerzas de YPG y HPG, el Movimiento de Liberación de Kurdistán fomentó la organización del pueblo yezidi en sus propias estructuras políticas (PADE,  Partiya Azad Demokratik Sengal), de mujeres (TAJE, Tevgera Azadiya Jinen Ezidi) y de autodefensa (YBS, Yekitya Berxwedana Sengale), y éstas a su vez establecieron su propio sistema de Autonomía Democrática reclamando el autogobierno para sus territorios bajo el paradigma del Confederalismo Democrático. En palabras del PADE para este 3 de agosto:

“La lucha continuará hasta que los niños sean libres y vengados, la filosofía del líder popular kurdo Abdullah Öcalan que protegió al pueblo Ezidi del Firman será tomada como base y la sociedad será liberada de acuerdo con esta filosofía”.

El PADÊ convocó a los yazidis, que han estado viviendo en tiendas de campaña en campos de refugiados durante los últimos 4 años, y les recordó que nunca olviden el 3 de agosto y luchen por sus derechos en las calles en este aniversario.

Desde la Brigada 19 de Julio hemos podido entrevistar a distintas familias yazidis en el mayor campo de refugiados de todo el KRG en los días previos y durante la conmemoración del 3 de agosto. Fruto de este trabajo y mayores investigaciones hemos redactado la siguiente crónica.

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El campo de refugiadas de Chemishko

“Vivir aquí es como estar sentado en un banco de espera viendo pasar la vida.”

En el campo de refugiadas de Chemishko, donde viven 27.000 personas que lograron huir del ataque del ISIS contra Sinjar en 2014, se conmemoran, el 3 de agosto, los 4 años del genocidio, entre la agotadora vida del campo, la larga espera a las peticiones de asilo y la casi imposibilidad de volver a su tierra, una zona que consideran todavía insegura. “Vivir aquí es como estar sentado en un banco de espera viendo pasar la vida”, expresa uno de las personas que habitan el campo.

Chemishko es el mayor campo de refugiadas yazidíes del Gobierno Regional de Kurdistán (KRG por sus siglas en inglés) y se encuentra a las afueras de la ciudad de Zakho. La mayoría, en torno al 90%, son yazidíes, y el 10% restante musulmanes, todas ellas de Sinjar, aunque algunas expresan no ser practicantes y otras no ser creyentes. La convivencia es buena, ya que dicen haber pasado por la misma persecución de la que huyeron juntas, y al mismo tiempo el sistema de castas que caracteriza a la sociedad yazidí (dividida en 3 grupos, desde los murid, la más baja, a pir, la más alta) se ha difuminado en el campo, ya que todo el mundo se fue sin nada.

Las relaciones con la gente de la ciudad también son positivas. Desde la llegada de las personas refugiadas, muchas personas de Zakho se han acercado a ayudarlas. Hassan Sindi, habitante de la ciudad, explica “fui con mis amigos en coche a muchas de las casas del campo a llevarles ropa, mantas, comida, zapatos… Antes de que se formase éste también les ayudamos en los sitios donde estaban alojadas”. Además, añade que “en Zahko tenemos una buena relación entre las diferentes creencias y religiones en Oriente Medio. Musulmanes, yazidíes, cristianos, armenios, etc. siempre trabajamos juntos y respetamos las decisiones de las otras personas”.

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El ataque del ISIS ha sido el último genocidio que ha sufrido la población yazidí. Del aproximadamente medio millón de yazidíes que vivía en Sinjar, más de 300.000 son ahora refugiadas. Muchas continúan capturadas por el ISIS, sobre todo mujeres y niñas/os.

El 1 de agosto comenzaron en el campo las actividades de conmemoración y denuncia, que tienen su acto principal el 3 de agosto, día en que se produjo el genocidio. Exposiciones de fotos de mártires, música y comidas dedicados a las personas asesinadas y desaparecidas, y también muchos llantos colectivos ocupan la calle principal del campo. Zedan Xelef lamenta la poca denuncia pública sobre el genocidio y la falta de búsqueda de soluciones, siendo que muchas de las personas refugiadas se encuentran aún en campos o en otros países, algunos de ellos europeos.

Algunas familias refugiadas en Alemania han retornado estos días al campo para compartir los actos de conmemoración y mantener siempre en el recuerdo esta fecha.

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La huída de Sinjar

“Subimos a la montaña. Allí muchas personas murieron de hambre y de sed. Estuvimos 14 días atrapados allí.”

 “Cuando supimos que estaba entrando el ISIS, empecé a correr sin poder recoger nada; la mayoría nos fuimos sin tan siquiera coger nuestros documentos o pasaportes. Por suerte pude salvar a mis hijos, pero he perdido a 34 personas de mi familia”, explica Salim, mientras muestra las fotos de las personas asesinadas o desaparecidas a manos del ISIS, entre ellas las de chicas que se suicidaron para evitar ser vendidas como esclavas sexuales. “Subimos a la montaña. Allí muchas personas murieron de hambre y de sed. Estuvimos 14 días atrapados allí”. Amer Al-Dakhti, un chico de 23 años refugiado del campo, dice  que “lo más difícil en la vida es cuando tus padres te dicen que los dejes ahí, que crezcas, que salves a tus hermanos y hermanas y, sobre todo, que corras”.

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“Nos defendimos” –dice Salim- “los bombardeos de la coalición internacional detuvieron al ISIS, pero también los yazidíes desde las montañas luchamos y resistimos con lo poco que teníamos”.

La mayoría de personas que pudieron huir de Sinjar lo hicieron a través del corredor humanitario que abrió el PKK junto a las YPG hacia Rojava y luego fueron trasladadas a Basur (Kurdistán iraquí). Zedan Xelef, profesor voluntario del campo y artista, nos cuenta que en cambio “los peshmerga nos prohibieron salir de Sinjar antes de que llegara el ISIS y nos prometieron protección, pero cuando vimos venir a éste por las calles de Sinjar, supimos que los peshmerga habían huído.”  Algunas explican que pudieron llegar desde las montañas a través de la intervención de los peshmerga, la fuerza militar del KRG. De hecho, explica Hassan Sindi, “trataron de evacuar mediante helicópteros que también traían bebida y comida. Pero debido a la desesperación y a la cantidad de gente que trataba de salvarse, se vivieron muchas escenas dramáticas”. Ya que era altamente improbable que se pudiera realizar una evacuación efectiva mediante helicópteros, las personas que no pudieron huir de Sinjar fueron asesinadas o secuestradas.

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Cuando alcanzaron Basur, explica Sabr, que regenta una pequeña tienda en el campo de Chemishko, “en un primer momento nos refugiamos en parques, escuelas, templos yazidíes … y la población de Zakho nos ayudó mucho. Después nos trajeron al campo de refugiados, donde estamos desde entonces”.

 

Pocas perspectivas en un campo saturado

Hay más de 20 campos de yazidíes en todo el KRG. El de Chemishko depende del gobierno kurdo, pero recibe fondos de las Naciones Unidas y de ONGs kurdas e internacionales, algunas también presentes en el campo en los programas médicos y educativos. Uno de los gestores del campo explica que en el último año han disminuido mucho los fondos de las Naciones Unidas, y los programas de formación de las ONG llegan a muy poca gente. Además, se prioriza a aquellas personas que han estado secuestradas por ISIS, según explican los habitantes del campo.

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Algunas de las personas refugiadas trabajan como maestras, médicas, en el sistema de provisión de agua, etc, aunque su participación en la gestión del campo es mínima. Como explica Salim, “nadie nos consulta nada”.

Reciben 20.000 dinares iraquíes mensuales (el equivalente a 15 euros) en concepto de ayuda alimenticia, una cuantía que las personas que viven en el campo consideran totalmente insuficiente en un país donde un kilo de tomates vale medio euro y una docena de huevos, uno.

Las refugiadas de Sinjar tienen permiso para trabajar en el KRG, pero sólo una minoría ha conseguido encontrar empleo como taxista, en obras, policía, o incluso alquilar pisos en las ciudades cercanas. Pero en una región con una fuerte crisis económica, corrupción política y una elevada tasa de paro, la mayoría sobreviven con las exiguas ayudas del campo de refugiados o con lo poco que les pueden enviar sus familias desde la diáspora. “Si encontramos trabajo es por horas o por días, nada estable” explica Zedan Xelef.

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“La vida en el campo es agotadora”, explica la madre del Salim. “Tenemos electricidad sólo tres horas al día y 4 por la noche”. El agua, que depende de seis pozos en el campo, se corta cuando se suspende el suministro eléctrico. El campo está saturado, y a las nuevas familias que se crean debido a los casamientos no se les asigna una tienda propia. Uno de los problemas que también señalan es la gran cantidad de personas con problemas de salud mental y los escasos servicios médicos para atenderlas.

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Miles de yazidíes siguen esperando en el campo y pocas consideran volver a Sinjar. La situación es muy insegura.

Algunas personas han sido reubicadas por las Naciones Unidas a través de peticiones de asilo, la mayoría en Alemania, pero miles siguen esperando en el campo y pocas consideran volver a Sinjar. “Dos familias volvieron la semana pasada -explica Sadr, otro de los habitantes del campo que tiene un hijo en Alemania- pero la mayoría no nos lo planteamos, la situación es muy insegura”. Actualmente, en el territorio se encuentran las milicias chiítas de Hashd al Shaabi, los peshmerga del KRG y las milicias autónomas del PKK.  “El problema -añade Xelef, que ha solicitado asilo en Australia- es que es un territorio en disputa donde existen intereses de muchas partes”. “Volví una vez -explica- pero todo estaba en ruinas. Tardamos cinco años en construir nuestra casa, no podemos dedicar cinco años más para reconstruirla si no tenemos la seguridad de que nada parecido volverá a ocurrir”.

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Ahmad Yasouf, musulmán de Sinjar, también tiene claro que no volverá. “Iríamos al Sinjar de antes, pero es imposible que vuelva a ser lo que era”, explica. “No hemos podido entrar en el programa de petición de asilo de las Naciones Unidas y hemos pensado en emigrar ilegalmente a través de Grecia, pero no tenemos dinero para pagarnos el viaje”. Cuando les preguntamos dónde querrían vivir, Amer Al-Dakhti nos responde “me da igual si el país o la ciudad es bonita, solo quiero vivir en paz. Necesitamos aire”.

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“Lo más difícil en la vida es cuando tus padres te dicen que los dejes ahí, que crezcas, que salves a tus hermanos y hermanas y, sobre todo, que corras.”


Artículo redactado por la ‘Brigada 19 de julio’
Campo de refugiadas de Chemishko (KRG), 3 de agosto 2018
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